EL TRÁGICO FIN DEL “MIRAMAR “ por Josep Osma

Ya quedan pocos días para la Semana Santa, días en los cuales podremos ver en nuestras calles, como cada año en que ese momento litúrgico marca la Pasión de Jesucristo, las procesiones de penitentes con sus vistosos hábitos, con la riqueza artística de sus pasos, bandas de música y dejando en el aire ese inconfundible olor a cera y sus manchas sobre el suelo que hacen emitir un ruido chirriante al pasar un vehículo sobre ellas.

Quizá, el desfile procesional por excelencia de la isla, y sin menospreciar a los otros, es el que se celebra en Palma de Mallorca en la noche del Jueves Santo y con salida de uno de los dos epicentros devocionales católicos de Mallorca, procesión que preside el Sant Crist de la Sang, una talla que dentro unos días, y con el permiso anticipado de los seguidores y seguidoras de este Baleares Universal Magazine le dedicaré un artículo ; una imagen sagrada con fama de milagrosa y que posee una larga lista de ex votos que posee esa milagrosa imagen, y uno de ellos, el que más me impresionó durante mi infancia cuando observaba esas muestras de agradecimiento por su favores recibidos se podían ver en su camarín, era una larga cuerda que perteneció a un navío de matricula mallorquina que sufrió un trágico naufragio pereciendo varias personas, me refiero al vapor “Miramar”.

El hundimiento del MIRAMAR

El 10 de febrero de 1918, la prensa local de Palma daba la luctuosa noticia del naufragio en la madrugada del día anterior en aguas del Mar Cantábrico del vapor “Miramar”, uno de los buques más emblemáticos de la “Isleña Marítima”, naviera que después se fusionó con la “Compañía Transmediterránea”, propiedad del financiero Joan March Ordinas. La nota de prensa consternó a toda la ciudad, siendo las personas que fallecieron en su hundimiento el capitán Jorge Bennasar Juan, el sobrecargo Antonio Company Vich, el radiotelegrafista Luis Cuéllar Cuéllar, el Mayordomo Antonio Company, el pañolero Jaime García García, los fogoneros Antonio Pujol García y Monserrat March Amengual, carpintero Bartolomé Suau Sastre, el marinero Nicolás Vivó Palerm, el camarero Jaime Palou Tomás y el marmitón José Alba Real; los supervivientes fueron los pilotos Manuel Despujol y Jaime Fornaris, y los maquinistas José Albertí, Francisco Quevedo y José palmer; varios de los fallecidos y supervivientes eran naturales de la barriada de gente dedicada a las laborales del mar de Santa Catalina de esta ciudad palmesana, barriada de la cual me siento orgulloso de haber nacido en unos de sus más idílicos lugares, en Es Jonquet, y que nada tiene que ver en la actualidad con la de la aquella época de antaño. Veamos las causas que produjeron ese trágico suceso.

Construido en el año 1903, en los astilleros de Odero de Sestri Ponente, en Génova (Italia), fue botado el 17 de diciembre de ese mismo año, siendo la madrina y encargada de lanzar la consabida botella de cava al casco del navío la señorita Laura de Bernardi, hija del Director del astillero de Odero. El 7 de enero del año siguiente, tras haber superado las pruebas técnicas, en las cuales alcanzo una velocidad forzada de 15 nudos, llegó a Palma de Mallorca después de veinte días de habérsele dado matricula mallorquina, llevando a bordo parte de su tripulación de nacionalidad italiana mandada por el capitán Gregorio Costa, de segundo mando Juan Síngala y de jefe de maquinas Antonio Thomás, y por supuesto, varios directivos y accionistas de la “Isleña Marítima”.

Sus características principales eran: peso de desplazamiento de 1750 toneladas, unas medidas de 81´7 metros de eslora y 11´7 de manga, una velocidad máxima de 17 nudos, y con capacidad para 206 pasajeros y disponiendo de una lujosa y espaciosa cámara con cabida para 67 pasajeros de habían abonado el pasaje de primera clase y otra menos ostentosa para otros tantos pasajeros de segunda clase, el resto iban en buracas.

Fue destinado a cubrir el servicio lineal de Palma a Barcelona y viceversa.

Años más tarde, cuando de la I Guerra Mundial tocaba a su fin, junto con otros navíos, fue pintado de negro y transformado en buque de transporte de carbón desde la parte norte de nuestro país suministrándolo a los puertos nacionales que era solicitado; dejaba de ser aquel vapor romántico que por sus líneas bellas y comodidades de abordo fue conocido popularmente como “el Cisne del Mediterráneo “.

Pocos días antes de irse a pique nuestro buque, zarpaba del puerto gijonés del Musel rumbo a Cádiz con sus bodegas repletas del mineral compacto de origen vegetal tan necesario en esa época tanto en hogares particulares como áreas industriales. A las diez horas de navegación, estando ya en aguas coruñesas, se desencadenó una fuerte tormenta con gran viento que hizo romper el timón de la nave haciendo imposible el pilotaje de la misma y llevándola a embarrancarse contra los atolones conocidos por los “Los Aguilones”.

Sant Crist de la Sang

Sant Crist de la Sang

La tripulación que pudo ponerse a salvo lo hizo amarrándose a gruesas cuerdas que los aldeaños les lanzaban desde sus pequeñas embarcaciones, una de esas cuerdas fue entregada a modo de ex voto por los supervivientes al Sant Crist de la Sang una vez llegados a puerto palmesano, los cuales, en acto de agradecimiento a esas gente solidarias, les donaron la campana de su siniestrado buque, campana que sigue estando el campanario de Aldea de Cariño, pequeña localidad costera cercana al lugar del naufragio.

Una vez conocida la fatal noticia, y al no poder ser trasladados los fallecidos a Mallorca, fueron sepultados en esa aldea situada en la ribera de la Ría de Ortigueira, celebrándose el Palma varios funerales para el sufragio de sus almas y organizándose rifas, suscripciones bancarias y actos benéficos para poder apaliar la economía de sus familias.

Años después, en agradecimiento del acto de humanitarismo de esa localidad cantábrica, el ayuntamiento de Palma dedicó una de sus vías públicas, entre la parroquia de San Sebastián y el vetusto y abandonado y actualmente en fase de demolición estadio “Lluís Sitjar”, actualmente titulada de “Port de Cariño”. Una comisión de “ La Isleña Marítima” al mando del capitán Damián Rigo Mir acudió al lugar del siniestro para evaluar los daños materiales, viendo que eran imposible la recuperación total del buque únicamente pudieron sacar de su interior algunos enseres y su caldera, la cual fue reinstalada años más tarde a otro buque de la compañía.

josep maria osma

josep maria osma

A modo particular, pienso, y seguramente opinión compartida por muchos lectores de este Blog, que cada 9 de febrero, aniversario del mortal accidente marítimo, tanto nuestros estamentos oficiales como la “ Trasmediterránea”, que al fin al cabo el “Miramar” pertenecía a su flota, deberían honrar con una corona de laurel en la bahía palmesana o imponerla en una de las lápidas pétreas que nomenclatura esa calle en memoria de esos hombres que perdieron su vida en el cumplimiento de su deber en el mar lejos de su tierra natal y de aquellas gentes de ese pequeña aldea de pescadores gallegos que arriesgando sus propias vidas pudieron salvar otras.

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